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Alejandro Zenker en el Coloquio «Medir la Lectura, ¿para qué?»

A continuación la conferencia que Alejandro Zenker, nuestro director general, ofreció en el Coloquio «Medir la Lectura, ¿para qué?» que se realizó el pasado jueves 5 de marzo en el ITESM Campus Ciudad de México:

La medición cuantitativa y cualitativa en la época de transición por Alejandro Zenker

Medir todo se ha convertido desde hace mucho tiempo en una manía humana. Desde que fuimos capaces de concebirlo, hemos querido saber de qué tamaño es el Universo y de qué está compuesto. No sorprende, por tanto, que queramos comprender también el tamaño de ese otro universo menor que es el de la lectura. Desde un punto de vista comercial, la medición tiene sentido: los editores queremos saber de qué tamaño es el pastel, aunque eso no nos produzca a final de cuentas más que frustración, dado que no podemos comérnoslo todo. Pero medir cuantitativamente nos da aparentemente una idea del mercado al cual nos dirigimos, y de las dificultades para llegar a él. Sabemos que somos más de cien millones de habitantes, pero para los cuales tenemos menos de 1500 librerías. Sabemos que supuestamente leemos tres libros en promedio, lo cual haría de las librerías uno de los negocios más rentables, pues si multiplicáramos lo que se supone que se lee y lo dividiéramos entre las librerías existentes, les aseguro que hoy no me habría venido en taxi o metrobús, sino transportado por mi propio chofer o de plano en helicóptero.

La pregunta que nos plantea Lourdes Epstein en este coloquio es por tanto más que pertinente: ¿Para qué medir la lectura? ¿Acaso es medible? Ya sabemos que las estadísticas del pasado eran falaces, y su interpretación errónea. Nos acostumbramos a la famosa cifra de que los mexicanos leen en promedio casi tres libros al año y nos tiramos al suelo cuando en realidad, si dicha cifra fuera cierta, no estoy seguro de que fuera tan mala. Porque si suponemos un promedio de 50 años de vida lectora, al final del trayecto habríamos leído alrededor de 150 libros. Y una persona que ha leído 150 libros, así sea a lo largo de toda su vida, pensando que ésta tuviera entre 72 y 78 años de promedio, no anda tan mal culturalmente hablando, a menos que… reflexionemos sobre el tipo de lectura que habrá estado haciendo y la calidad de la misma. Es decir, leer y comprender cabalmente 150 libros no es una hazaña menor en esta época. El problema, más que cuantitativo, es en realidad cualitativo. O al menos hay una correlación indisoluble de la cantidad con la calidad sin la cual entender el problema no sería posible.

El problema se complica porque generalmente un intento de medición implica asignar un valor a lo que se mide. Y ese valor generalmente tiene implícita una carga ideológica y cultural. «Mucho» o «poco» son conceptos relativos. ¿Qué te hace rico o pobre? ¿Qué te hace inteligente o tonto? ¿Qué te hace culto, o inculto? Conforme ha avanzado la ciencia, y con ella lo que llamamos «civilización», hemos sido capaces de comprender el valor de la diversidad. Si durante mucho tiempo las ideologías dominantes pretendieron homogeneizar a todos, obligarlos a reducirse a un solo denominador común, como lo hemos vivido con sus terribles consecuencias en el terreno de la religión fundamentalista o las dictaduras totalitarias, como el nazismo, hoy se abren enormes espacios en las democracias modernas que permiten, por fin, la diversidad. Pero la diversidad implica un grado creciente de complejidad. Si admitimos la categoría de la diversidad y el respeto a la misma como una característica de los derechos humanos, la medición se vuelve aún más compleja y la pregunta, «¿qué medir?», tremendamente difícil de resolver. Porque no vemos, no sentimos, no olemos, no escuchamos ni degustamos igual. En un país tan complejo como México pululan las cosmovisiones. Y un mismo libro, un mismo poema, una misma imagen, un mismo clima suscitan sensaciones distintas en cada individuo y en cada grupo distintivo.

Con esto no quiero descalificar los intentos por cuantificar la lectura. Por el contrario. Todo ejercicio cuantitativo me parece importante si está bien llevado a cabo y debidamente segmentado. No obstante, hoy en día se incorporan aspectos inéditos en la historia de la humanidad que hacen que un ejercicio de análisis cualitativo y cuantitativo tenga que responder a paradigmas para algunos de los cuales quizás ni siquiera tenemos realmente herramientas adecuadas de medición. Me refiero al fenómeno conocido como “nativo digital”, es decir, a quien nació expuesto a las nuevas tecnologías de información, las asimiló y, con ello, vivió modificaciones sustanciales en la manera de emplear el cerebro para llevar a cabo las mismas tareas que quienes les antecedieron, es decir, los inmigrantes digitales . A lo largo de la historia siempre hubo diversidad, así como la irrefrenable tendencia a acabar con ella por parte de quienes detentaban en uno u otro momento el poder, particularmente el de la fuerza. Que jamás se haya podido acabar con la diversidad ni en los más duros y cruentos episodios de la historia, pone de manifiesto que la diversidad es nuestro destino. Afortunadamente. No obstante, si ya en un pasado remoto, donde la diversidad se daba simplemente a partir de entornos económicos, políticos, geográficos y socioculturales diversos, hoy, con las redes sociales y la movilidad geográfica de por medio, esa diversidad se ha multiplicado exponencialmente. Hoy todos tienen sus espacios, y lo que otrora parecía estar condenado a desaparecer, hoy resurge con renovados bríos.

Si la diversidad aumenta, si ni las balas de esos sanguinarios sátrapas que fueron a asesinar en París a caricaturistas que se mofaban de las patrañas de esos grupos extremistas lamentablemente tan extendidos en el mundo han logrado acallar las voces disonantes en su cosmovisión, si ni mi rotunda oposición ha logrado que mi hija deje de tatuarse todo el cuerpo y mi labor fotográfica en el terreno del erotismo no me ha llevado aún a la hoguera, si hoy podemos mentarle la madre a Peña Nieto sin temer desaparecer al salir de este espacio donde uno lo proclama, qué no acontece en el mundo realmente existente que nos circunda.

Eso, eso precisamente hace que el mundo de lo diverso, de lo difícilmente medible, prevalezca, crezca y se reproduzca.

Y eso nos lleva de nueva cuenta al tema de lo que queremos medir, cuantificar.

Y también a cuestionar a quienes inocente o estúpidamente plantean cuáles son los 10, 50 o 100 libros imprescindibles que deberías leer antes de morir. En un universo de más de 130 millones de libros publicados a lo largo de la historia de la humanidad, de 194 países en cinco continentes, 54 en África, 50 en Europa, 48 en Asia, 35 en América y 14 en Oceanía, en los cuales se hablan alrededor de 6,000 lenguas, hablar de 100 libros es realmente… ¿tonto?

Estamos hablando de comunidades a las cuales El Quijote, Cien años de soledad o La Biblia los tienen absolutamente sin cuidado. Es más, a la mayor parte de la humanidad esas obras no les dicen nada. ¿Qué medir, pues? ¿Quién en China no sabe quién es Gabriel García Márquez es un ignorante? ¿O quién en México no sabe quién es Kim Chunsu es un pendejo?

Siendo uno de los más populares entre los jóvenes, probablemente en una encuesta nacional sobre lectura pocos sabrían quién es Alberto Chimal. Y en términos de nuevos medios, más quienes mencionen a Gabriel Montiel de «Werevertumorro» o Caeli de «CaELiKe» como sus referentes vs. Televisa. Porque estos últimos tienen «ratings» superiores a la mayor parte de los programas de la TV abierta o de CNN incluso.

Pero eso es «lectura».

Igual lo que texteamos, lo que leemos en el Facebook, lo que twitteamos… Medición de lectura es, hoy, analizar antes que nada qué se lee, cómo se lee, y para qué se lee. Si partimos de esquemas obsoletos, de acuerdo con lo cual «lectura» es leer libros, y definimos «libros» de acuerdo con los intereses de una industria editorial en decadencia, estamos pendejos.

Y uso el término antiacadémico de «pendejos» a propósito. Si hablara un alumno Tec en mi lugar (y miren que mi hija es recién egresada del Tec, por lo que tengo buena escuela) diría (y cito):

«La neta, güey, que nos quieran medir esos pendejos, güey, en función de sus obsesiones, güey, está cabrón, güey. Estos pendejos, güey, no han entendido, ¿eh? güey, que neta, sí leemos, güey. Y que piensen que no entendemos lo que leemos, güey, me emputa, güey, porque está de la verga, güey, que no sepan estos hijos de puta, güey, que tenemos más vocabulario, güey, que esos hijos de la chingada, güey. Si tenemos un pinche presidente de la verga, güey, qué quieren, güey. ¿Que hablemos como ese hijo de puta corrupto, güey, con su gaviota, güey? ¿Que no sabe citar tres pinches putos libros, güey? No, pues están pendejos, güey. Nosotros sí leemos, güey. Y si no nos lo creen, que lean nuestros chats, güey, que son más extensos, güey, que el puto Quijote que ya me sé de memoria, güey.»

(Fin de la cita)

Ese es un corpus que vale la pena analizar desde un punto de vista cualitativo, güey.

Midamos cuantitativamente, güey, pero pongamos el énfasis en el aspecto cualitativo, güey. En la diversidad, güey. Y mandemos, güey, a la verga, güey, al puto presiente y su camarilla, güey, que no apoya al libro, la lectura y la cultura, güey. Lo que está de la verga, güey.

Gracias güey.

coloquio

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