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Alejandro Zenker sobre Gustavo Sainz

En estos días posteriores a que se diera a conocer la muerte de Gustavo Sainz han fluido los testimonios de quienes lo trataron en sus épocas de gloria, antes de que él se fuera a vivir a Estados Unidos. Lo que muy pocos conocen son los pormenores de su vida personal, académica y literaria posterior. Algunos tuvimos el privilegio de convivir con él en mayor o menor medida en esa época en que ya radicaba en Indiana. En mi caso, fue hace unos quince años que me reencontré con él en la FIL de Guadalajara.

Cuando Gustavo impulsó no sólo su obra novelística innovadora por la que es tan conocido, sino infinidad de proyectos de gran envergadura, México era otro. De ese Gustavo en ese otro México nos han escrito ya Josefina Estrada, Benjamín Anaya, René Avilés, Raúl Godinez y otros, aunque no tantos como deberían. Los que conocimos sus tiempos cercanos, los últimos años, hemos callado. Quizás porque esa cercanía hace que lo veamos como alguien que siempre estuvo y que nunca debería faltar, o porque ver sus fotos, pensar su presencia, nos hace recordar su inimaginable ausencia.

az gustavo sainz

Gustavo fue mi amigo. Un amigo impenetrable y, a la vez, transparente. Cuando volvió a frecuentar México y en la FIL de Guadalajara llegaba al stand de Ediciones del Ermitaño, que era su base, y me dejaba toneladas de bolsas con libros, muchos de los cuales acababan en mis oficinas, yo le preguntaba: «¿Cómo? ¿Volviste a comprar tantos libros?»; y me respondía con ojos traviesos: «Yo no los compro; me los regalan». No pocas veces llegaban mis colaboradores gritando: «Alejandro, ese cabrón se está robando unos libros». «No es un cabrón», les respondía, «es Gustavo Sainz y se está llevando ejemplares de sus libros para regalarlos; apúntamelos a mi cuenta». Sospecho que hizo de la confiscación su modus operandi.

Grande como era, yo lo veía como un niño, y me divertía. Vertía con inusual generosidad sus conocimientos. Lo escuché responder a no sé cuántas pendejadas, incluyendo las mías, con una parsimoniosa tranquilidad. Cuando le propuse que lanzáramos una revista de corte independiente, no comercial, utilizando las nuevas tecnologías de impresión digital, con un tiraje de unos cuantos cientos de ejemplares, me miró con extrañeza. No se cansaba de contarme de sus glorias pasadas. Pues chido que hayas hecho eso, le decía yo, pero no hay lana ni políticos que nos financien. Podemos lanzar algo pequeño, de culto, con los recursos que tengo. Y le gustó la idea. Así nació TransgresiónES, de la que sólo sacamos tres números, incluyendo el cero, y que ahora estoy por publicar en formato de libro.

Luego le propuse publicar sus obras completas, lo que objetó: Aún no me muero, así que completas, imposible. Ideamos entonces la Biblioteca Gustavo Sainz, que comprende quince obras. Ha sido realmente un proyecto titánico para una editorial independiente como Ediciones del Ermitaño. Concebida para navegar en formato electrónico y en soporte papel en tirajes cortos, busca satisfacer la curiosidad de ese universo lector capaz de enfrentar la literatura experimental de Gustavo, que no es precisamente de fácil lectura, excepción hecha de algunas obras. Las primeras van acompañadas de sendos ensayos a manera de introducción y epílogo. Ya en las últimas tuvimos que prescindir de ese aparato crítico. La decimosexta que le publiqué forma parte de Minimalia Erótica.

Gustavo fue de los primeros autores que retraté acompañado de una modelo desnuda. Cuando le expliqué a Gustavo el proyecto, le encantó. Creo que lo conectó de nueva cuenta con su corazón transgresor y nos hizo uña y mugre en muchos sentidos. Cuando nos encerramos con la modelo aquella vez en el estudio, yo estaba empecinado en que tuviera un semblante serio, a lo que él se oponía. Le gustaba ser retratado sonriendo. Hoy lamento no haberlo fotografiado más seguido con su característica sonrisa. Así que allí tenemos a Gustavo en esas fotos, serio, envuelto en pechos, en nalgas, en pubis, en su hábitat natural, pero sin sonreír.

Algunas veces hablamos también de pornografía. Gustavo era devorador de películas. Así que un día, que él andaba de ocioso, lo metí a mi recámara y le puse una película porno de un director italiano cuya fotografía me parecía espléndida, mientras yo me fui a trabajar. Horas más tarde salió y me dijo: «Esa es una película para homosexuales. Lo que destacan son los penes, no la sensualidad del cuerpo femenino». Y me dejó pensando.

Así, en medio de infinidad de pláticas sobre literatura, erotismo, proyectos pasados, presentes y futuros, charlas con infinidad de personas que vinieron a nuestros cuarteles en Ediciones del Ermitaño a conversar y fraguar planes, acompañados de las enchiladas verdes, el caldo tlalpeño, los taquitos, las ensaladas y demás manjares que nos preparaba Margarita, transcurrieron estos años, hasta que de pronto el olvido comenzó a apoderarse de él. Laura, su inseparable y amorosa compañera de estos años, me mantuvo al tanto de su salud. Hasta que desapareció de nuestros horizontes.

Hoy, que hago estos breves apuntes, no puedo menos que sentir a Gustavo en cada espacio que compone mi casa y mis oficinas. Se sentó en todas las sillas, en los sofás; usó cucharas, tenedores y cuchillos, bebió de estas tazas y vasos que conforman nuestras desvencijadas vajillas, lo albergaron estas paredes, techos y pisos. Ya no conoció al Pichicuaz. De haberlo hecho, seguro habrían simpatizado.

En el camino quedan infinidad de recuerdos. Por lo pronto me complace que haya podido contribuir a preservar al menos una parte sustancial de su legado, es decir, su obra literaria. Espero que muchos lectores se acerquen a ella, que no por compleja deja de ser fascinante.

*Entrada tomada del muro de Facebook de Alejandro Zenker.

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