Gustavo Sainz y yo

sainz

Por Josefina Estrada

Gustavo Sainz ha declarado que desde que era adolescente tenía una fe ciega en la belleza, generosidad, solidaridad, comprensión, tolerancia y en la sonrisa. Cualidades que describen cabalmente su personalidad, la cual también permeó su desempeño como directivo. Tal como se perciben en las actividades que voy a intentar desarrollar mediante diversas anécdotas. Sainz ocupó la Dirección de Literatura del INBA cuatro años, de 1977 a 1981, en el sexenio de José López Portillo. Porfirio Muñoz Ledo, Secretario de Educación Pública, le hizo la propuesta.

Yo tenía 20 años cuando conocí a Sáinz, en su salón de clases de la antigua Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, de la UNAM, cuando cursé la materia de Literatura y Sociedad, donde leíamos a autores mexicanos, con su obra más reciente. Nos llevaba los libros al salón, los cuales él adquiría directamente de la editorial, y nos los vendía con un sustantivo descuento. Nos hizo leer Terra Nostra, de Carlos Fuentes; Recuento de poemas, de Sabines; Las muertas, de Ibargüengoitia; El gobierno del cuerpo, de Garibay…, entre otros. Y en cada clase nos comentaba las actividades que estaba realizando en la dirección a su cargo.

Un día tomé la decisión de abandonar la Universidad porque era urgente aportar recursos a mi numerosa y pobre familia. Deprimida, entré a su clase, la que pensé sería la última. Cuando la cátedra de Sáinz terminó, me dije: «Si dejas la escuela siempre serás una burra. Mira, todo lo que acabas de aprender. Mejor levántate y pídele trabajo». Ruborizada, le solicité empleo. Me respondió que le diera una semana para que él pensara en qué podía colaborar. Así lo hice, pero cuando venció el plazo, él ya no recordaba mi petición. Sin embargo, me pidió que fuera al día siguiente a visitarlo a la calle de Dolores, segundo piso.

Era una modesta oficina de muebles anticuados y escasos. La duela del piso, descolorida y chirriante. Los escritorios estaban pegados a las paredes y al ventanal, donde se sentaban los administrativos y los colaboradores. Al centro no había nada. En contraste, la oficina de Sáinz era amplia, luminosa y cubierta de libros. Había una gran mesa. A la izquierda estaba la bodega de con miles de revistas de Bellas Artes, de la cual había sido director creativo. Esa mañana, de agosto de 1977, Sainz me entregó la carta donde la primera dama, Carmen Romano de López Portillo, le solicitaba la ejecución del Primer Encuentro Internacional de Poesía y Pintura Infantil, en su fase nacional, INBA-FONAPAS. Ese sería mi primer trabajo: organizar el premio, desde la convocatoria, promoción y premiación.
Gustavo asistía tres días a la oficina, de puertas abiertas. Todo lo que restaba de ese año me dediqué a promover el concurso. Por ello, fui al programa de televisión de Luis G. Basurto, en el canal 13. Pero me asaltó un bloqueo mental de pesadilla: me quedé muda ante las cámaras. Basurto, no me preguntaba nada, distraído en sus papeles. Nadie me sacó del apuro hasta que milagrosamente pude hablar. Al otro día, Gustavo me preguntó que cómo me había ido. Cuando le conté, soltó una carcajada como si le hubiera contando un gran chiste. Todavía no podía reponerme del ridículo y la sensación de fracaso por haber desperdiciado el tiempo-oro de la televisión. Pensé que me iba a regañar pero cada que me veía, volvía a reírse. Su risa era uno de los mayores misterios que Sainz guardaba para mí. ¿De qué se reía tanto, de todo, a cada rato? Ahora sé que no veía al mundo como todos lo mirábamos sino el que le pertenecía, el que escribía en el momento mismo que lo estaba viviendo. Para él, todos éramos personajes que nos sucedían cosas chistosísimas. Y si no había nada de qué reírse, él lo inventaba. Sainz era travieso. A mis 20 años, él no me parecía joven; pero tampoco señor. Así, era un hombre de 37 años, pícaro y acelerado. Caminaba y pensaba y leía y dictaba y creaba a toda máquina.

En el semestre que asistí a su clase de las 7 de la mañana, de Diseño Editorial, saliendo, nos íbamos en su flamante coche último modelo, a la oficina. En varias ocasiones, lo acompañé al estudio de Francisco Corzas. También fuimos a varias exposiciones del Museo de Arte Moderno. Su pasión por la pintura se vio ampliamente cumplida en la presentación de Compadre Lobo, la cual fue presentada en octubre de ese año, en el Museo Carrillo Gil, donde todo el museo exhibió pinturas alusivas a la novela. Esa noche, Sainz y sus cercanos portaban camisetas que reproducía la tipografía de la portada. Detalle que me pareció sensacional y excesivo, novedoso. 

El concurso de poesía ilustrada fue un éxito, se recibieron trabajos de casi todo el país. Y la premiación se realizó en San Cristóbal las Casas Chiapas, donde fuimos una comitiva enorme. Como se solía hacer los viajes a cargo del erario. Nos quedamos atorados una semana más allá por algún problema de logística y recayó en Sainz los gastos de diez personas. 

Después, Gustavo me encargó que recibiera los trabajos de los solicitantes a las becas INBA-Fonapas, donde los jóvenes escritores ganarían un estímulo económico por un año. De esta manera, recibí las propuestas de escritores que ahora gozan de una trayectoria consolidada: Agustín Ramos, Carmen Boullosa, Vicente Quirarte, Ethel Krauze, Eusebio Ruvalcaba, Coral Bracho, Eduardo Langagne, por citar algunos. 

Después, por dos años tuve a mi cargo el ciclo de Veladas Literarias, donde presentaba a los escritores con su obra más reciente. Eran los martes, en la Librería del Palacio, otro de los proyectos cumplido de Sainz. Para entonces, agosto de 1978, ya había nacido mi hijo. La oficina se había cambiado al tercer piso de la Torre Latinoamericana, donde el espacio fue diseñado exclusivamente para las necesidades de la Dirección. Cada empleado tenía su cubículo. Se inauguró durante mi licencia de maternidad. Regresé a una oficina moderna, de sillones naranja y amarillo en el recibidor. Me encontré con un nuevo compañero, Salvador Castañeda, recién salido de la cárcel por su actividad en la guerrilla. Me daba a leer todos los avances de su novela, ¿Por qué no dijiste todo?, la cual ganaría el concurso de primera novela, de Grijalbo, de donde Gustavo era director literario. Antes, lo había obtenido Luis Zapata, con El vampiro de la colonia Roma. Gustavo, experto en diseño editorial audaz, comentó que Luis era tan guapo, que él hubiese puesto su fotografía en la portada. 

Cuando me hice cargo de Veladas Literarias no era común que el escritor presentara su obra, como lo es ahora. Entonces, era novedoso que se le propusiera a un autor promover su obra apoyado en el poderoso y eficiente aparato publicitario y de relaciones públicas de Bellas Artes. Las presentaciones se realizaban en la Librería del Palacio, con servicio de café y, ocasionalmente, cocteles, donde cada invitado pedía su bebida preferida. La librería parecía hecha de cristal. Estaba ubicada en el rincón del extremo izquierdo de la planta baja del Palacio. Sus anaqueles eran cubos de vidrio. También podía adquirirse serigrafías o dibujos de los amigos de Gustavo, como Armando Villagrán. Todo el selecto inventario era elegido por Sainz. Muchos de esos libros se quedaban entre nosotros, sus colaboradores. Porque en cuanto llegaban los libros de Sudamericana, Seix Barral o Emecé, el encargado de la librería, Roberto Jurado, nos hablaba para ir a comprar autores olvidados hoy en día como Elsa Morante, esposa de Moravia. A Gustavo le asombraba que varias de las esposas de los escritores, terminaran escribiendo buenas novelas. Y le resultaba muy enigmático que después, cuando se separaban, ellas dejaran de publicar.
Trabajar en la Dirección de Literatura, rodeada de compañeros como Ignacio Trejo Fuentes, Emiliano Pérez Cruz, Arturo Trejo Villafuerte, Enrique Aguilar, Javier Córdova, Humberto Ríos y Salvador Castañeda, tan terrenales y nada del otro mundo, me hizo pensar que yo también podía escribir y solicitar una beca. Así, durante semanas fui escribiendo mi primer cuento. Y como Gustavo solía ir a cada escritorio y pedir que lo siguieran a su oficina, empezó a verme tachoneando originales. Cosa que le resultó muy sorprendente porque siempre me encontraba comiendo. Él decía que yo era una golosa porque en mis cajones siempre había comida. Yo le respondía que más bien era una desordenada que no le daba tiempo de desayunar en su casa. A Sainz, por supuesto, le daba mucha risa todos mis comentarios: “Oye, ¡qué difícil es escribir! ¿A ti también te costaba tanto trabajo? Ya no sé puntuar y menos conjugar. Castañeda me dijo que mi párrafo estaba lleno de ías. Que tachara los más que pudiera y que sólo dejara dos”. Al otro día, se acercaba a preguntarme: “¿Y ahora qué te dijo Castañeda? «Que tenía muchos aba».

Y vuelta a reírse.

Al final de una conferencia del ciclo Domingos Literarios, le di mi cuento «Nadie vendrá a verte…» Se lo di porque me parecía natural que viera terminado lo que estuve haciendo con tanto esfuerzo. Al otro día, muy serio, fue a mi escritorio. Me quedé helada cuando sacó de su portafolio mi texto con correcciones de su puño y letra. Me explicó las razones de cada observación. Yo estaba conmocionada porque nunca pensé que fuera a leerlo y menos que lo corrigiera. Pero lo más sorprendente fue la seriedad con la que se dirigía a mí. Como si me dijera que cuando se escribe no hay lugar para juegos ni bromas.
Las veladas fueron tan exitosas que se realizaron dos días por semana. Ese trabajo lo dejé de hacer porque un escritor me dijo que él leía muy mal y me pidió que yo leyera un fragmento de su libro, publicado por el Fondo de Cultura Económica. Así lo hice. A la mañana siguiente, Gustavo me pidió que fuera a su oficina. Me comentó que Juan José Bremer, director del INBA, le había pedido mi renuncia. Porque una funcionaria que tenía su oficina dentro del Palacio, había escuchado un texto plagado de majaderías y procacidades, según ella. Y le parecía inaudito que una empleada no respetara el máximo recinto de las Bellas Artes. Sainz le respondió a Bremer que no me iba a despedir sino que me iba a cambiar de área, donde no tuviera actividad con el público. 

Y me trasladó como correctora de estilo a la redacción de La Semana de Bellas Artes, el semanario cultural que se insertaba gratuitamente en los principales diarios del país. Desde la oficina de Dolores, Gustavo le dedicó mucho tiempo a la concepción del diseño y contenido. Había solicitado a la SEP a un grupo de artistas plásticos que estuviesen a cargo de realizar los dibujos y viñetas, todos ellos jóvenes talentosos, como los hermanos Castro: José, Alberto y Miguel; Rafael Hernández Herrera, Heraclio, Arnoldo Fajardo, Ramón Marín y Melesio Galván. Sainz pudo solicitar el trabajo de dos o tres de ellos, pero se quedó con los ocho y los rescató de horrendas tareas burocráticas para participar en un suplemento que se caracterizó por su belleza editorial, por la hechura de los retratos de los creadores y las ilustraciones de los textos. 

En 1980, cuando obtuve la beca, Gustavo ya viajaba con regularidad a Estados Unidos. Todos sabíamos nuestras tareas y él sólo venía supervisarlas. Al año siguiente, yo ni quería ver a Gustavo porque siempre me preguntaba si ya había terminado de escribir mi libro de cuentos. Supongo que su interés era proponerlo para su publicación en Grijalbo. A principios de ese año salió publicada en esa editorial Jaula de palabras. Una antología de la nueva narrativa mexicana. Y lo nuevo abarcaba a Carlos Fuentes, pasando por Poniatowska, Carballido, Juan de la Cabada, Inés Arredondo, Juan Villoro, varios jóvenes becarios y, terminando, con seis de sus colaboradores, sus apuestas. Me parece que ese gesto dibuja muy bien a Gustavo: incluir a célebres desconocidos en una antología que venía a continuar el trabajo de María del Carmen Millán. Su decisión denotaba irreverencia, en primer lugar; en segundo, la seguridad de conocer a la novísima literatura nacional. 

Gustavo renunció a la Dirección en 1981. Y a mediados de 1982, yo dejé el suplemento y nadie del equipo de Sainz siguió trabajando en él. Habían nombrado a Abraham Orozco como el coordinador y él se encargaba de llevar personalmente el suplemento, la noche del cierre, para que Bremer firmara cada página. El suplemento había adquirido tanta notoriedad que se convirtió en mero reproductor de las exposiciones del Palacio y otros recintos de Bellas Artes. Y en vocero de funcionarios. Por ello, Gustavo nos sugirió mantenernos al margen de un suplemento que distaba mucho de su idea original.
La memoria suele darle a la lejana juventud un matiz de brillo y esplendor. Pero creo que la época de Sainz en Literatura fue esplendorosa porque había dinero para aterrizar sus ideas. Por eso, López Portillo aconsejaba que debíamos acostumbrarnos a vivir en la abundancia. Y las autoridades le dieron todo el apoyo porque Sainz era un triunfador, con una trayectoria deslumbrante. De sus proyectos en la dirección permanecen los Domingos Literarios, el archivo hemerográfico y fotográfico que se empezó a formar e incrementar notablemente en su gestión, una librería dentro del Palacio, ahora dirigida por Educal. Todos sus colaboradores están jubilados o han fallecido. Y los que renunciamos para dedicar nuestras vidas a promover a la literatura y encontrar jóvenes talentos. A transitar, de acuerdo a nuestras capacidades, por el sendero que nos mostró el maestro, amigo y benefactor.

Nota tomada del muro de Facebook de Josefina Estrada.

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