Roger Chartier: “Es imposible que Cervantes leyera ‘Hamlet”

ÁAlex Vicente | 20 ABR 2016

  • El historiador francés refuta la fantasía de un encuentro entre el español y Shakespeare
El escritor e historiador francés Roger Chartier. | ÁLVARO GARCÍA
El escritor e historiador francés Roger Chartier. | ÁLVARO GARCÍA

El posible encuentro entre dos genios como Cervantes y Shakespeare ha sido objeto de infinitas especulaciones. 

Años después de firmar La naranja mecánica, el escritor británico Anthony Burgess imaginó un hipotético diálogo entre ambos en Encuentro en Valladolid, un relato donde la compañía teatral de Shakespeare se dirigía a la ciudad española como parte de una comitiva diplomática. Allí habría conocido a Cervantes, uno de los espectadores que habían acudido a ver la representación de sus obras. En su libro de ensayos Myself with Others,publicado en 1988 únicamente en inglés, Carlos Fuentes nunca afirmó que Cervantes y Shakespeare fueran la misma persona, como se ha dicho y repetido hasta la saciedad, pero sí “el mismo escritor”. En otras palabras, “un políglota y polígrafo llamado, según los caprichos del tiempo, Homero, Virgilio, Dante, Benengeli, Cervantes, Shakespeare, Defoe, Goethe, Poe, Dickens, Balzac, Carroll, Proust, Kafka, Borges, Pierre Menard, James Joyce…”, como dejó escrito el mexicano. En el fondo, como sostuvo Fuentes, ambos hablaban del mismo asunto: la memoria.

Ese fantaseado encuentro entre ambos nunca tuvo lugar. “La realidad histórica no nos permite pensar que se llegaran a encontrar. Si hubo un encuentro, se produjo únicamente en el plano de la literatura, gracias a la circulación de El Quijote en Inglaterra, que fue muy temprana. Los primeros ejemplares de los dos primeros volúmenes de la obra llegaron a la isla en 1605, apenas unos meses después de su publicación en España”, sostiene el historiador Roger Chartier, especialista en la historia del libro y profesor en el Collège de France y la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París (EHESS). Chartier también es el autor de Cardenio entre Cervantes y Shakespeare. Historia de una obra perdida (Gedisa), que se centra en el único punto de intersección objetivo que existe entre ambos: un personaje de El Quijote que daría origen a una obra shakespeariana.

El mancebo Cardenio era uno de los personajes con los que don Quijote se topaba en el bosque de Sierra Morena, en el vigesimocuarto capítulo. Le narraba su historia de amor y desventura con una joven llamada Luscinda, con la que, un poco más tarde, coincidirá el Caballero de la Triste Figura. El personaje protagonizaría una obra teatral extraviada, The history of Cardenio, atribuida a William Shakespeare y John Fletcher, dramaturgo del periodo jacobino con quien escribió dos textos más. “No se debe menospreciar su papel: Fletcher hablaba castellano perfectamente y conocía bien la obra de Cervantes”, según Chartier. La obra habría sido representada dos veces por la exitosa compañía de Shakespeare, The King’s Men, en 1613, según un documento de la época que recoge la retribución atribuida a la troupe. “Cuarenta años después, un librero londinense quiso imprimirla. Nunca lo llegaría a hacer, pero por lo menos inscribió su título en el registro de la imprenta”, relata el historiador francés. Dejó constancia así de la existencia del texto, aunque no se conservaran sus páginas.

La tesis de Chartier es que Shakespeare conoció la obra de Cervantes, pero no al revés. “Los textos españoles del Siglo de Oro, ya fueran comedias, relatos de picaresca o novelas de caballería, eran muy célebres en la Inglaterra de finales del siglo XVI y principios del XVII”, afirma el historiador. No así en el sentido contrario: “En cambio, no existía ningún conocimiento de los textos ingleses en la España de ese periodo. El inglés no era considerado una lengua culta o literaria, sino un idioma propio de mercaderes. Las primeras traducciones de Shakespeare al español no llegaron hasta el siglo XVIII, y siempre a partir de traducciones francesas. Es imposible que un español de aquella época, incluido Cervantes, llegara a leer obras como Hamlet o La tempestad”, zanja Chartier.

Si la historia de Cardenio sedujo a Shakespeare, fue porque se acomodaba a una moda imperante en la Inglaterra de su tiempo. “Existía un gusto pronunciado por esas historias de enredo tragicómico, donde los amores se enfrentaban a numerosos obstáculos, traiciones y desventuras, pero terminaban con final feliz, con una armonía final en la que se confirmaban las uniones sentimentales presentadas al principio”, explica Chartier. Distintas comedias de Shakespeare corresponden a este esquema argumental en la segunda parte de su carrera, de Mucho ruido y pocas nueces (1599) a Pericles, príncipe de Tiro (1608). Sin embargo, que el dramaturgo inglés tomara prestado al personaje cervantino sin contar con su permiso no puede tildarse de plagio. “Entonces no existía esa noción. El plagio es un término moderno, que no aparece hasta el siglo XVIII. En la época de Cervantes y Shakespeare, el concepto de autoría era muy distinto. La propiedad de una obra pertenecía al librero y al editor, pero nunca al autor. Cada escritor podía reescribir libremente algo que ya hubiera sido publicado”, aclara Chartier. Además, la autoría era considerada, a menudo, una empresa colectiva. “Las colaboraciones entre dramaturgos eran muy frecuentes. La mayoría de obras de la Inglaterra isabelina fueron escritas por dos, tres o cuatro dramaturgos, igual que las novelas del preciosismo francés en el XVII. Shakespeare colaboró menos que otros, pero también colaboró”, añade.

En las últimas décadas, ese Cardenio descarriado ha protagonizado incluso intrigas de novela negra. El escritor británico Jasper Fforde imaginó enPerdida en un buen libro (2002) a una detective de la brigada literaria del espionaje británico con la misión de encontrar el manuscrito de la obra de Shakespeare. La estado­unidense Jennifer Lee Carrell, especialista en literatura inglesa, imaginó en Sepultado con sus huesos (2007) un misterio que solo podía resolverse siguiendo las pistas escondidas en distintos textos del bardo inglés. La protagonista terminaba dando con el manuscrito original en una caverna de Arizona, colocado sobre una tumba abierta y dentro de una bolsa que contenía dos tomos: Cardenio y una copia de El Quijote en castellano. “En realidad, el personaje en sí no despierta un especial interés en nuestro tiempo”, sostiene Chartier. Es la pura idea de que Shakespeare y Cervantes se pudieran llegar a encontrar, incluso en un plano únicamente simbólico, la que sigue agitando la imaginación de nuestros contemporáneos.

Nota tomada de sitio web El País

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