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Sobre cómo perdimos unos pesos, pero ganamos una lectora. Una reflexión en la FIL Zócalo 2016

Por Redacción | 26.10.16

“¡Deja eso ahí! ¡No los toques! ¡No son para que los toques!”, fue el grito de una madre a su hija cuando la niña intentó acercarse a uno de nuestros libros de literatura infantil durante la pasada Feria Internacional del Libro Zócalo 2016. A quienes presenciamos el regaño nos sorprendió totalmente, pues dicho reclamo no tenía cabida en una fiesta como aquella, cuya dinámica, precisamente, es para propiciar el acercamiento del lector al libro. La intimidad que puede llegar a establecerse entre ellos pasa forzosamente por los sentidos.

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“Dejad que los niños se acerquen a mí” es una famosa petición que se aplica bien al mundo del libro. Pensemos por un momento: ¿por qué la señora lanzó aquel grito al ver que su hija se acercaba al objeto que había despertado su interés? ¿Acaso no hay consenso acerca de que leer es deseable? ¿Y cómo se puede leer un libro sin que pase a través del tacto? ¿A qué responde, en el fondo, la alarma de la madre?

La realidad es que, como bien lo ha notado Juan Domingo Arguelles, alrededor del libro hemos construido un halo sagrado que muchas veces impide que la gente se acerque a él. Si alguien se atreve, no faltará quien lo detenga abruptamente. El libro es un tótem inmaculado que no debe ser manchado por las manos torpes de una criatura que no entiende que lo que tiene frente a sí es casi un objeto de culto.

No, señores, así no funciona. Los libros están para tocarlos, leerlos, sentirlos… y, si no nos convencen, para no comprarlos. En este caso, la niña se ha quedado con la idea de que los libros no son para el disfrute. Nada más falso.

“La voluntad de leer —dice Geneviève Patte— es siempre resultado del deseo por conocer; es producto natural de la curiosidad intelectual y del interés por escuchar relatos o jugar con el lenguaje.” En este sentido, la curiosidad que le despertó nuestro libro fue tal que intentó apropiarse de él. Sin embargo, esta inquietud por hacerse del libro fue cortada de inmediato por un grito: “Qué insolencia la tuya la de tratar de agarrar lo que está hecho para admirarse”.

Por fortuna, los libros no se encuentran solos en las ferias, siempre van acompañados de nosotros, vendedores, editores, libreros. Apenas vimos lo sucedido y tratamos de contrarrestar el efecto de aquella orden. Tendimos la mano, atajamos el comentario: “Al contrario, por favor agárralo  —le hablábamos a la hija, pero en realidad nos dirigíamos a la mamá—. Para eso están. Para que los vean, los hojeen, los manoseen”. La madre parecía no comprender aquella respuesta: ¿cómo era posible que alentáramos esa falta de respeto? La niña, por supuesto, ni tarda ni perezosa, lo tomó y empezó a pasar las hojas. No tuvo que comprar el libro, era tal su gusto al ver los dibujos que se lo regalamos. Aquel día perdimos unos pesos, pero ganamos a una lectora.

 

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