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Raúl Godínez sobre Gustavo Sainz

Conocí a Gustavo Sainz hace mil años. Me lo presentó Oscar De La Borbolla. Lo conocí primero como editor: tuve el alto honor de publicar tres libros de él, uno de ellos sus memorias que escribió a cuatro manos con Eduardo Mejía, “El juego de las sensaciones elementales”. Después me tocó en suerte entrevistarlo y conversamos sobre muchas de sus facetas: promotor cultural, editor, profesor universitario. Casualmente no hablamos sobre lo que siempre le inquirían. La Onda y los motivos de su salida de la Dirección de Literatura del INBA y de México. Esa entrevista se compila ahora en mi nuevo libro: “Desde el corazón de las palabras”, editado por Ediciones Felou. Finalmente, nos reuníamos cada año en Guadalajara, en el marco de la FIL, donde charlábamos largo y tendido. Él venía de E.U. cargado de proyectos, de camaradería y entusiasmo. Hace meses supe de su progresiva enfermedad y le mandaba correos que él ya no estaba en condiciones de responder. Un último correo de una bella amiga en común me informó de su deceso antes de que se anunciara su muerte por los medios de comunicación en México. No tuve el valor de responder ese correo. Me dolió mucho, por ser un autor cuyos libros circulan poco actualmente, salvo el grandísimo trabajo que hace Librería del Ermitaño y Alejandro Zenker, al publicar el grueso de su obra, y el libro que edita aún Andrés Ramírez. Pese a ello, considero, debería ser un autor mucho más difundido, primero por la calidad de sus novelas, altamente experimentales y luego porque fue una pieza clave en el trabajo cultural de hace una décadas. En fin, que se le extrañará enormemente al Compadre Lobo. Colocó aquí las fotos que le tomó mi amigo Carlos H. Castillo Villarreal, para ilustrar sus memorias. Un abrazo fraterno.

 

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*Entrada tomada del muro de Facebook de Raúl Padilla.

 

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Alejandro Zenker sobre Gustavo Sainz

En estos días posteriores a que se diera a conocer la muerte de Gustavo Sainz han fluido los testimonios de quienes lo trataron en sus épocas de gloria, antes de que él se fuera a vivir a Estados Unidos. Lo que muy pocos conocen son los pormenores de su vida personal, académica y literaria posterior. Algunos tuvimos el privilegio de convivir con él en mayor o menor medida en esa época en que ya radicaba en Indiana. En mi caso, fue hace unos quince años que me reencontré con él en la FIL de Guadalajara.

Cuando Gustavo impulsó no sólo su obra novelística innovadora por la que es tan conocido, sino infinidad de proyectos de gran envergadura, México era otro. De ese Gustavo en ese otro México nos han escrito ya Josefina Estrada, Benjamín Anaya, René Avilés, Raúl Godinez y otros, aunque no tantos como deberían. Los que conocimos sus tiempos cercanos, los últimos años, hemos callado. Quizás porque esa cercanía hace que lo veamos como alguien que siempre estuvo y que nunca debería faltar, o porque ver sus fotos, pensar su presencia, nos hace recordar su inimaginable ausencia.

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