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Un poeta que sabe leer

Por Gabriel Zaid | Enero 2016

  • Juan Domingo Argüelles recorrió todos los rincones de la poesía mexicana para recopilar un gozoso muestrario de versos obscenos. Un sobresaliente ejemplo de investigación literaria donde el primero que gana es el lector.

Juan Domingo Argüelles (nacido en Chetumal, en 1958) empezó a publicar libros de poesía a los veinticuatro años, y desde los primeros mostró una gran facilidad para las formas clásicas, que no tantos dominan. También sentido crítico, en reseñas inteligentes y libros como Quintana Roo. Una literatura sin pasado y Diálogo con la poesía de Efraín Bartolomé. Ha publicado un millar de artículos de editorialismo cultural y se ha convertido en especialista del mundo del libro: leer, escribir, editar; las bibliotecas, la educación.

 Habla de lo que sabe. Escribe sobre el mundo editorial con experiencia de editor. Escribe sobre poesía, con la experiencia de leerla y escribirla. Y escribe con animación: “A chorro” –como decía Emilio Uranga de Alfonso Reyes, frente a la multitud de poetas que circulaban como tales por haber publicado un librito en su lejana juventud–. En la tradición alfonsina, Juan Domingo Argüelles ha publicado medio centenar de libros antes de cumplir sesenta años. Algunos muy alfonsinos, con ensayos de libre divagación, como El género curricular y la verdadera historia de Nadie.

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Tecnología | EFE, 15 enero 2016

Los expertos descubrieron que la poesía “es más útil que los libros de autoayuda” , ya que afecta al hemisferio derecho del cerebro, donde se almacenan los recuerdos autobiográficos, y ayuda a reflexionar sobre ellos y entenderlos desde otra perspectiva.

Leer a autores clásicos, como Shakespeare, Wordsworth o T.S. Eliot, estimula la mente y la poesía puede ser más beneficiosa en terapias que los libros de autoayuda, según un estudio de la Universidad inglesa de Liverpool publicado hoy.

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Hugo Gutiérrez Vega y la persona del poeta

El problema de la “tonalidad” aquejó durante mucho tiempo a los poetas mexicanos modernos, acaso desde que, a principios del siglo XX, el dominicano Pedro Henríquez Ureña dictaminó que, dado el toque crespuscular que en ella dominaba, la poesía mexicana tendría que definirse como una “poesía de tonos suaves, de emociones discretas.” El suyo sería, en todo momento, un modesto tono menor al que le vendrían bien el color gris y las atmósferas melancólicas. Aunque es cierto que la preponderancia, primero de Pellicer, “el poeta del sol”, y luego de Paz en la cultura mexicana de los últimos cincuenta años parecería haber vuelto obsoleta la idea de Henríquez Ureña, de tarde en tarde el asunto del “tono menor” dizque característico de nuestros bardos parece regresar por sus fueros. Un poema de Hugo Gutiérrez Vega en el que este “contesta” una observación de su amigo el editor y también poeta Alí Chumacero, que lo instaba a incorporar en sus versos un “tono mayor”, podría servir de ejemplo para ilustrar este intermitente retorno. Escribiendo desde la “sombra sarcástica”, y rodeado como lo está de seres “coludos, cornudos y variopintos”, a pesar de que intenta aclararse la garganta, Gutiérrez Vega confiesa que no alcanza a lograrlo: “Lo intento y se me cae,/ me gana la risa/ y la autocompasión lo gana todo,/ pues es una oronda señora/ de narices violáceas/ y enorme culo morado.” Este escarnio del pretendido tono mayorimpone, tal como se ve, un exabrupto, una “salida de tono” que me parece más que sintomática. En efecto, ¿cómo sabe el poeta que la señora gorda del tono mayortiene un enorme culo morado, que acaso no es sólo poco atractivo, sino repugnante? ¿O es que la susodicha se pasea “en cueros” delante del poeta y deja que éste la inspeccione? El exabrupto me interesa porque saca a la luz un rasgo de veracidad que estriba en lo siguiente: no hay “compasión” ante el objeto externo, en este caso un objeto denigrado; lo que hay es autocompasión, lo que quiere decir que también el poeta mismo se encuentra inmerso en el ridículo.

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